Una reflexión sobre jubilación, identidad profesional, pertenencia y continuidad del vínculo en salud

Hace unos días me crucé con un colega. No fue una conversación larga ni solemne. Fue una de esas frases dichas casi al pasar, pero que quedan resonando más que un discurso entero:

“Estoy para jubilarme y ya me estoy sintiendo solo. Me voy a quedar sin el vínculo con la mayoría de las personas con las que convivo”.

No hablaba solamente de dejar de trabajar. Hablaba de perder un mundo.

Claro que no todos viven el retiro de la misma manera. Hay quienes llegan agotados, desencantados o deseando cerrar una etapa. Pero incluso en esos casos, el trabajo sanitario deja marcas difíciles de reemplazar fuera de las instituciones.

Más que un empleo

Para quienes trabajan en salud —médicos, enfermería, licenciados, técnicos, administrativos, personal de servicio, auxiliares, choferes, camilleros, funcionarios de block, emergencia, policlínica, CTI, puerta o internación— el lugar de trabajo no es solamente un empleo. Muchas veces termina siendo el principal espacio de pertenencia social y humana.

Allí se desayuna de apuro, se discute un caso, se acompaña una pérdida, se comparte una guardia interminable, se aprende, se envejece y se sobrevive.

El trabajo en salud genera vínculos difíciles de reproducir en otros ámbitos laborales. En muchos casos, los compañeros terminan viendo más de nuestra vida real que la propia familia. Saben cuándo estamos cansados, cuándo estamos preocupados, cuándo venimos arrastrando problemas personales y cuándo seguimos trabajando igual porque “hay que cubrir”.

Por eso, jubilarse en salud no siempre significa simplemente descansar. A veces implica quedarse sin pasillo, sin timbre, sin sala médica, sin enfermería, sin chistes de guardia, sin el paciente conocido y sin ese compañero que ya sabía mirarnos y entender que algo no andaba bien.

Y aunque muchas veces este tema se vive en silencio dentro de las instituciones, no se trata solamente de una sensación aislada o anecdótica. La literatura internacional viene mostrando desde hace años que la jubilación puede afectar la identidad profesional, las redes sociales y el bienestar emocional, especialmente cuando el trabajo ocupó durante décadas el centro de la vida cotidiana.

Estudios recientes en médicos mayores han encontrado niveles significativos de soledad percibida, particularmente en personas con escasas actividades sociales fuera del ámbito laboral, enfermedades crónicas o vínculos sociales limitados.

Esto golpea especialmente fuerte en la medicina y en muchas otras áreas sanitarias. El Sindicato Médico del Uruguay ya había identificado este problema hace décadas. En un texto sobre preparación para la jubilación, el SMU advertía que la actividad médica absorbe tiempo, disponibilidad, estudio permanente y energía vital; por eso, al llegar el retiro, muchos profesionales descubren que gran parte de su identidad y de sus vínculos quedaron concentrados alrededor del trabajo.

Más recientemente, el Colegio Médico del Uruguay también ha comenzado a desarrollar espacios específicos vinculados a esta transición. A través de su Programa de Bienestar Profesional (BIENPRO), el CMU impulsó el Espacio de Retiro Médico (ERM), una iniciativa orientada a preparar el retiro de forma anticipada y acompañar el impacto humano, emocional y social que muchas veces acompaña esta etapa.

El ERM funciona mediante talleres, encuentros y actividades grupales, en articulación con otras instituciones como el BPS, y representa una señal importante: empezar a entender que jubilarse no implica solamente resolver trámites administrativos o ingresos económicos, sino también reorganizar vínculos, identidad y proyecto de vida.

Ese antecedente uruguayo es importante: no estamos frente a un problema importado ni teórico. Hace tiempo que existe y, aunque todavía no parece haberse consolidado una política amplia y sostenida para todo el sistema sanitario, comienzan a aparecer experiencias valiosas que intentan abordar esta realidad de manera más humana e integral.

Además, el problema no es solamente emocional. La Organización Mundial de la Salud ha señalado reiteradamente que la soledad y el aislamiento social se asocian a peor salud física, peor salud mental y menor calidad de vida, especialmente en adultos mayores.

Lo que se va con cada jubilado

En Uruguay, el tema adquiere una dimensión particular en el interior del país. Distintos informes sobre recursos humanos en salud vienen mostrando desde hace años dificultades en la distribución territorial de especialistas y equipos técnicos. Montevideo y Canelones concentran buena parte de los recursos humanos altamente especializados, mientras muchas localidades del interior enfrentan mayores dificultades para sostener equipos estables.

En ese contexto, resulta especialmente relevante que algunos de estos espacios impulsados desde el Colegio Médico hayan tenido participación activa del Consejo Regional Norte, acercando la discusión sobre bienestar profesional y retiro médico a realidades muy distintas a las de Montevideo y conectadas directamente con los desafíos humanos y laborales del interior del país.

Cuando un referente sanitario se jubila en una ciudad pequeña, no se retira solamente una persona: muchas veces se retira memoria institucional. Se va quien conocía la historia de los pacientes, los códigos internos, los atajos del sistema, las soluciones prácticas construidas durante años y los errores que conviene no repetir.

Y esto no atraviesa solo a los médicos. Enfermería, auxiliares, administrativos, técnicos y personal de servicio muchas veces construyen trayectorias de vida enteras dentro de las mismas instituciones. El retiro también puede representar pérdida de vínculos, rutina, pertenencia y reconocimiento cotidiano.

Por eso, el retiro del personal de salud debería pensarse más como una transición que como un corte abrupto.

Las instituciones sanitarias, los sindicatos, las asociaciones profesionales, el Colegio Médico, FEMI, el SMU, las sociedades científicas y las direcciones locales podrían generar espacios más estables de integración para colegas jubilados o próximos al retiro. No solamente despedidas formales, placas o cenas de homenaje, sino verdaderas políticas de continuidad de vínculo.

Un profesional retirado todavía puede aportar muchísimo: tutorías clínicas, clases para personal joven, acompañamiento de residentes, mentorías optativas, participación en actividades docentes, análisis de casos, historia institucional, seguridad del paciente, calidad asistencial o transmisión de experiencia práctica acumulada durante décadas.

Durante la pandemia ya existieron experiencias que mostraron ese potencial. El Colegio Médico del Uruguay y ASSE convocaron voluntariamente a médicos jubilados para colaborar en seguimiento remoto de pacientes, educación sanitaria y apoyo asistencial a distancia. Muchos de esos colegas eran quienes llamaban a pacientes aislados en sus casas para preguntar cómo seguían, detectar signos de alarma o simplemente acompañarlos en momentos de incertidumbre y soledad. Más allá del contexto excepcional, aquella experiencia dejó una enseñanza importante: retirarse no necesariamente significa dejar de pertenecer.

La experiencia también puede cuidarse

Aquí la inteligencia artificial también podría transformarse en una herramienta útil, siempre que no se la use como sustituto del vínculo humano. La IA puede ayudar a organizar redes de mentoría, facilitar encuentros virtuales, resumir materiales docentes, colaborar en tareas educativas, transcribir memorias institucionales, construir bancos de casos anonimizados o facilitar espacios iniciales de acompañamiento conversacional.

Pero conviene ser claros: ninguna herramienta tecnológica reemplaza una conversación humana, una mesa compartida o una red afectiva real. La tecnología puede facilitar el vínculo, pero no debería reemplazarlo.

Y justamente ahí aparece una oportunidad interesante para las instituciones. No se trata solamente de homenajear trayectorias al final de una carrera profesional, sino de pensar cómo integrar esa experiencia acumulada en nuevas formas de participación.

Una propuesta concreta podría ser crear programas institucionales de “Retiro Activo del Personal de Salud”, articulados incluso con experiencias ya existentes como el Espacio de Retiro Médico del CMU, pero ampliando esa lógica hacia todo el personal sanitario y no únicamente al colectivo médico.

Los componentes podrían ser simples pero sostenidos, y cualquier institución sanitaria o gremial podría comenzar a discutirlos:

  1. preparación previa al retiro;
  2. retiro progresivo cuando sea posible;
  3. redes de colegas jubilados con encuentros periódicos;
  4. mentorías intergeneracionales;
  5. participación docente o consultiva voluntaria;
  6. espacios sociales y de intercambio humano.

El retiro profesional debería pensarse como una transición acompañada y no únicamente como un trámite administrativo.

Porque el personal de salud no se jubila de cualquier manera. Se jubila después de haber visto nacer, morir, sufrir, mejorar, agradecer y reclamar. Después de haber trabajado feriados, noches, fines de semana y cumpleaños. Después de haber pasado años sosteniendo instituciones muchas veces tensionadas, agotadas o sobrecargadas.

Tal vez la pregunta no sea solamente cómo se jubila un médico, una enfermera o un funcionario de salud.

Tal vez jubilarse no debería significar desaparecer de los lugares donde uno dejó tantos años de vida.

Porque más allá de los cargos, los horarios o las guardias, hay colegas que ayudaron a construir nuestras instituciones y también parte de quienes somos profesionalmente.

Y quizás ahí también exista una pregunta incómoda para quienes dirigen, gestionan o planifican la salud: ¿qué hacemos con toda esa experiencia humana cuando dejamos que simplemente se vaya?

Porque hay personas que sostuvieron durante décadas nuestras guardias, nuestros servicios y nuestras instituciones.

Y eso merece algo más que una foto de despedida.